El ayer se hizo tarde,
se esfumó como el hálito del café
que ese día dejaste en la mesita de noche,
se evaporó como el sabor a canela
de la almohada perfumada
en casa de mis padres, cuando era niña,
se mezcló con la lluvia y se hizo pedazos
junto con los pequeños trocitos de fe
que me habían quedado.
El hoy me estremece,
me pisotea, paso a paso,
hasta me mareo,
como si respirara el aliento narcótico
de una enorme dosis de chocolate,
me alborota y me deja sin aire
en un rincón oscuro de tus pensamientos,
no me muevo, prefiero quedarme,
si me permites.
El mañana, sí, el mañana,
esa palabra suena ten simple a veces,
mas cada día nos complica la vida,
sabe a dulce de leche y a menta,
a fresas con crema y azúcar,
y es como el llanto de un lobo herido,
te atrae, te hipnotiza y te excita,
pero te da miedo y no te acercas,
y te vas, o sí.
Pero qué importa,
qué importa el ayer, el hoy, o siquiera el mañana,
si lo que importa es lo que sentimos,
y eso es para toda la vida...